domingo, 6 de diciembre de 2020

NUESTRA INCIERTA VIDA ANORMAL



“Vivir es una cosa terriblemente arriesgada”

Carl Rogers

Aun cuando muchas personas viven creyendo que actúan a partir de certezas, casi absolutas,  lo cierto es que el mundo en el que vivimos es mudable e inestable: nada más cierto que el constante y permanente  cambio.

El gran psicoterapeuta Carl Rogers, creador de la ‘Terapia centrada en el cliente’- terapia no directiva- , autor de un gran número de obras pero, sobre todo,  a mi juicio,  la más destacada “El proceso de convertirse en persona",  parece que nos quiere poner de relieve con la frase con la que inicio este  artículo,  que el mundo es sobre todo inseguro y, en consecuencia, nuestro vivir en él requiere asumir grandes riesgos.

Estamos en un contexto de anormalidad, distinto,  en muchos aspectos, del que teníamos antes de que el famoso virus asomara su rostro en el planeta tierra, obligándonos a vivir fuera de nuestro estado cotidiano, cambiando las condiciones bajo las cuales cada uno de nosotros organizaba su vida. Las incertezas  que atacan directamente a nuestra esperanza, expectativas y la confianza en nosotros mismos y en los demás- "el infierno son los otros", decía Sartre-, se han incrementado hasta umbrales no tolerables por mentes y psiquismos sanos,  haciendo que aumenten significativamente el número de psicopatologías.[1]

El riesgo que asumimos ya va mucho más allá de las pequeñas inversiones que puntualmente podemos hacer en el mercado de valores, el de perder el empleo que tenemos, el tener una accidente cuando viajamos, etc. Esto se ha convertido en anécdota cuando nos jugamos cada día, nada más ni nada menos,  que la vida: cualquiera puede levantarse hoy "vivito y coleando", creyéndose libre de todo mal,  y en muy pocos día haber abandonado el mundo para siempre. Hay riesgos objetivos medidos a través de las probabilidades;  riesgos subjetivos personales de cada uno de nosotros,  directamente conexionados con nuestras  creencias; hay, también,  riesgos  intersubjetivos que afectan a un grupo amplio de personas e incluso de comunidades,  formando una conciencia colectiva y subjetiva de la misma.  

Vivíamos antes sin ser conscientes de que nuestra existencia era finita. Tampoco éramos muy conscientes de que podía terminar de forma inesperada y aleatoria. Nuestra capacidad de “darnos cuenta” arrastraba déficits peligrosos. La pandemia que estamos pasando ha creado en nuestra sociedad un riesgo intersubjetivo,  haciendonos tomar conciencia de la gravedad de la situación. Los riesgos subjetivos se modifican cambiando las creencias que los sustentan: cambia tus creencias y cambiará tu percepción del riesgo. Para cambiar un riesgo intersubjetivo es necesario  que muchas personas, un número estadísticamente significativo de ellas,  cambien sus creencias ( podemos llamarle "inmunidad de rebaño de las creencias"). Para el contexto actual tal vez sería más preciso hablar de incertidumbre, lo que es aún peor que cualquier riesgo. El riesgo es medible, la incertidumbre no lo es. Para el primero siempre podemos estimar las opciones que tenemos y para cada una de estas calcular las probabilidades. Para la segunda solo podemos especular. 

 Clasificar cosas es muy útil; clasificar personas tiene sus riesgos. Aún así me voy a arriesgar.  Sigue habiendo un gran número de personas que podemos clasificar en el grupo  de ‘inconscientes sin conciencia’. Su número es lo suficientemente significativo como para que nos afecte a toda la comunidad. 

El cambio de creencias de este grupo a través del cambio individual de sus componentes,  es harto difícil por las propias  características  de sus componentes. Ya no digamos nada de cambiar al colectivo como tal.  Inculcar aquí responsabilidad individual es lisa y llanamente como predicar en el desierto. Aquello que sostengo habitualmente de que la libertad y la responsabilidad van unidas, que  no pueden separarse y no son posibles la una sin la otra, suena a jauja.

Espero que lo de "inconscientes sin conciencia" se entienda en el contexto en el que aquí aparece. Nada se puede entender, y mucho menos explicar a otros, si no comprendemos el contexto en el que tiene lugar.   Los términos de “conciencia” y “consciente”, son muy confusos y controvertidos. Hay mucha información sobre la conciencia.  Aproximadamente 82.700.000 resultados (0,45 segundos) aparecen en google para “conciencia” (06-12-2020, 8:48 horas). Se habla de ella en los foros más diversos. En unos se aborda desde profundas reflexiones, desde la ciencia, desde múltiples enfoques referidos a la moral, la psicología, la filosofía etc. y en otros, a partir de un mero y superficial vistazo a la definición que nos da la RAE, y sin tener en cuenta aquello que estudiamos de pequeños en la escuela: "el signo lingüístico es arbitrario: no hay ninguna razón objetiva para llamarle..."  Escuché a una persona, hablando a unos alumnos universitarios  que asistían a su charla, y cuando le tocó hablar de  la conciencia,  lo único que aportó fue criticar a los que, según ella, confundían conciencia con consciencia, en un contexto que al parecer esta persona no llegaba a entender, o sí lo entendía, pero los objetivos  que perseguía con la crítica eran de otra índole.

 Como sostiene  Daniel Dennett, - autor de “La conciencia explicada” – y  sin duda una de las personas que más ha  profundizado en el estudio e investigación de la conciencia, “(…)Finalmente me he dado cuenta de que mucha gente le gusta mantener el equívoco.

 No quieren corregir sus imaginaciones. Les gusta decir que yo niego la existencia de la conciencia, que yo niego la existencia del libre albedrío. Incluso un pensador de la inteligencia de  Robert Wright    encuentra irresistible la negación de la distinción que propongo". 

Nos relata también lo que dice Robert acerca de él: "Por supuesto, el problema es que la tesis de que la conciencia es “idéntica” a los estados físicos cerebrales. Cuanto más se esfuerza Dennett y otros por explicarme lo que quieren decir con eso, más me convenzo de que lo que realmente quieren decir es que la conciencia no existe”[2]

¿Emplearían las personas asistentes  al acto anterior algún tipo de filtro para separar el  grano de la paja? ¿Se trataría de personas “ahogadas” por el exceso de información propio de la actual  sociedad del conocimiento? Manejar anécdotas en un foro universitario no dice nada bueno de la situación. [3] Leer: Cardar para saber mirar: cardar como COMPETENCIA  https://julioiglesiasforma.blogspot.com/2020/11/primero-cardar-para-sabermirar-1.html

El grupo de los ‘inconscientes sin conciencia’ parece que para ellos la afirmación de Carl Rogers con la que comienza este artículo no la consideran en absoluto,  a juzgar por lo que nos  ofrecen diariamente los medios de comunicación, describiendo la forma que tienen de abordar esta pandemia.

 A finales del siglo pasado, concretamente en mayo de 1995, Sherwin B. Nuland, cirujano y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale, sacó,  traducido al español  por Camilo Tomé, un libro que nos impactó en aquel momento a los que lo leímos[4]. Abordaba, de forma rigurosa y científica,  un tema por el que todos y cada uno de nosotros pasaremos: la muerte. Trata de desmitificar el proceso de morir. Describe la muerte desde el punto de vista clínico, psicológico y biológico de las,  según él,  6 enfermedades mortales que se llevarán por delante a la mayor parte de nosotros. 

“Las seis tienen características que son representativas de ciertos procesos universales que todos experimentamos al morir.  La parada de la circulación, el transporte inadecuado de oxígeno a los tejidos, el deterioro progresivo de las funciones cerebrales hasta su total interrupción, el fallo funcional de los órganos, la destrucción de los centros vitales: estas son las armas de todos los jinetes de la muerte”.[5]

En el libro va describiendo la muerte por cada uno de estos seis jinetes: cáncer, SIDA, enfermedades cardiacas, accidentes cerebro-vasculares, Alzheimer, vejez y agresiones violentas. Sostiene la idea de que sólo familiarizándonos con estos jinetes, y conociendo  la verdad,  podemos llegar a perder el miedo a los mismos.

Hay quien sostiene que para eliminar una preocupación, una forma de sacarla de la cabeza, es generando otra mayor. Es una cuestión de relativización: La dimensión de la segunda minimiza el valor de la primera.  En general, a todos nos preocupan todos y cada uno de los jinetes de la muerte que Sherwin menciona. De repente aparece el SARS-CoV-2, empieza a manifestarse a través de miles de personas aquejadas de la enfermedad  Covid-19,  que produce la muerte a miles de personas que se anuncian en los titulares de los medios de comunicación:

El mapa mundial del coronavirus: más de 66 millones de casos y más de 1,5 millones de muertos en todo el  mundo:

https://www.rtve.es/noticias/20201205/mapa-mundial-del-coronavirus/1998143.shtml

 Aunque no pertenezcamos al grupo de los “inconscientes sin conciencia”, muchos  de nosotros rehuimos estos temas acerca de los cuales arrastramos toda una serie de tabúes y prejuicios. Nos dice Sherwin B. Nuland,“(…) hay algo en cada uno de nosotros que evita que tomemos conciencia de la realidad de nuestro propio envejecimiento. Algo dentro de nosotros no acepta esa conciencia inmediata de que, al tiempo que asistimos al envejecimiento de quienes ya son mayores, nuestros propios cuerpos están pasando simultánea y sutilmente por el mismo proceso inexorable que al final conduce a la senectud y a la muerte." 

La muerte forma parte de la normalidad. Aunque en muchos ámbitos nos creemos insustituibles, con el tiempo nos damos cuenta que somos sustituidos sin que pase absolutamente nada. También en la vida, es un dictado de la naturaleza la constante renovación. 

Michel de Montaigne,   maestro del ensayo y liberal moralista francés, autor del estudio existencial titulado De cómo filosofar es aprender a morir, nos decía: “Haced sitio a otros como otros os lo hicieron."

Poner en riesgo extremo la vida, saltándose todas las normas que la ciencia nos  dicta,  explicándonos lo que ocurre y dándonos herramientas para protegernos,  es una temeridad que no puede formar parte de la normalidad sino de su antónimo: la  anormalidad.

Vaya esta reflexión de hoy con el objetivo de que disminuya el grupo de los “Inconscientes sin conciencia”, utilizando la pedagogía que el propio Montaigne nos sugería:

“Quien le enseña al hombre a morir, le enseña a vivir”. 

También nos puede ayudar, en tan encomiable objetivo, la reflexión de Manuel Vicent en 

El País de hoy: Ser de letras

“Nadie sabe adónde han ido a parar aquellos intelectuales con pipa, dueños de la verdad y de  todas las certezas. El mundo ya no es de letras.

https://elpais.com/opinion/2020-12-05/ser-de-letras.html

 


Referencias bibliográficas:

[1] ¿Cómo se relacionan la enfermedad mental y la Covid-19?  https://psiquiatria.com/corona-virus-covid-19/como-se-relacionan-la-enfermedad-mental-y-la-covid-19/

[2]DENNETT C,  Daniel: LA EVOLUCIÓN DE LA LIBERTAD. Editorial  Paidós Ibérica, S.A., Barcelona, 2004, p.252

[3] Cardar para saber mirar: cardar como COMPETENCIA  https://julioiglesiasforma.blogspot.com/2020/11/primero-cardar-para-sabermirar-1.html

[4]NULAND B. SHERWIN: Cómo morimos: Reflexiones sobre el capítulo final de la vida. Alianza Editorial S.A., Madrid, 1995, p.17

[5] Ibíd. P.87

 


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